La mediocridad del conformismo

La botella de Pago de los Capellanes tocaba a su fin cuando el semblante de Roberto pasó de estar distendido y radiante a cariacontecido.
—¿Qué preferirías, que te dejase o dejarme?
—¿Me lo estás preguntando en serio?
—Sí.
Roberto tomó aire; todo el que se puede tomar cuando crees que vas a redondear la noche y tú «partenaire» te sale por peteneras.
—Preferiría dejarte —dijo.
—Hazlo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Creo que estoy empezando a quererte.
—No quedamos en eso, ¿recuerdas?
Meritxell acababa de salir hacía meses de una relación difícil. Se consideraba, a sus cuarenta años, demasiado mayor como para no dejar las cosas claras con Roberto, por muy guapo que fuese.
—Dime.
—Seré honesta, cuando nos conocimos sabías que no era la abogada más popular del bufete, sino la más bohemia.
—¿Y?
—Eres muy inteligente, amigo mío.
—Empiezo a dudarlo.
—No lo hagas. Esto es muy simple, tanto trabajo me deja muy poco tiempo libre y el que tengo, decido yo en qué emplearlo. Me encanta estar contigo y lo gozo, de veras, pero no quiero ataduras, otra vez no.
Él se había enamorado como un perfecto imbécil de aquella mujer. La llevaba tan adentro como Kafka a Gregor Samsa. Incluso había llegado a imaginarse un prometedor futuro de pareja. El mismo futuro que, como tándem, ya disfrutaban en el bufete.

Anmarí D’aro

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