PAZ.

Debían ser las seis de la mañana. Celia despertó por un frenazo en la calle. Casi por inercia se levantó y fue al baño.
De vuelta a la cama, abrió la puerta de la habitación de Néstor. Ni rastro; cama virgen y persiana subida.
Con ansiedad descontrolada fue directa a coger al teléfono.
Una luz verde advertía que había mensajes:
“Madre, soy Néstor, imagino que duermes, me quedo a dormir en casa de Jesús. Se hizo tarde y no estoy en condiciones de coger el coche. Te quiero”.
Si la paz existe, Celia sintió que en ese momento la abrazaba.

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